Ser libre no cuesta, pero… ¡se paga!

✨ Porque la libertad artística rara vez llega acompañada de garantías.

Ser libre, en el ámbito creativo,
no consiste únicamente en hacer lo que uno quiere.

En el imaginario colectivo, la figura del artista suele aparecer asociada a la libertad.

Se le supone dueño de su tiempo, de sus ideas y de sus decisiones.

Una especie de náufrago voluntario que pinta, escribe o crea al margen de las normas.

Sin embargo, la historia del arte cuenta otra versión menos romántica.

Es la de quienes pagaron un precio elevado por defender una mirada propia.

Ser libre, en el ámbito creativo, no consiste únicamente en hacer lo que uno quiere.

Consiste en asumir las consecuencias de aquello que uno decide hacer.

Significa renunciar a veces a la aprobación inmediata, aceptar la incomprensión e incluso convivir con la incertidumbre económica.

Porque la libertad artística rara vez llega acompañada de garantías.

No hay sueldo fijo para quien persigue una voz auténtica, ni aplausos asegurados para quien se atreve a desviarse del camino marcado.

Muchos artistas han descubierto que cada elección implica una renuncia.

Decir “sí” a una obra es decir “no” a otras posibilidades.

Mantener la fidelidad a una determinada manera de crear exige valentía cuando el mercado parece premiar otras tendencias más rentables o complacientes.

Y ahí aparece una de las facturas más silenciosas de la libertad: la soledad.

No la del aislamiento, sino la de tener que responder ante uno mismo sin poder delegar la responsabilidad de las decisiones importantes.

Pero, esa misma libertad aporta algo extraordinario que es la posibilidad de vivir con coherencia.

De construir una obra que no sea únicamente un producto, sino el reflejo honesto de una forma de estar en el mundo.

Ser libre no cuesta dinero de entrada.

Nadie extiende un recibo por pensar por cuenta propia.

Sin embargo, la vida acaba presentando su factura en forma de riesgo, perseverancia y renuncias.

Y, aun así, muchos artistas siguen pagándola gustosamente.

Porque hay precios altos, sí, pero también existen formas de pobreza mucho más costosas, como es la de traicionarse a uno mismo.

Seguimos en el trazo.

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