La obra que no gusta a nadie cuando se hace,
y a todos cuando se muere el autor, es la más sincera de todas.
El tiempo es el crítico más justo
La historia del arte está llena de obras que el presente no supo leer y el futuro canonizó.
Van Gogh vendió un solo cuadro en vida; hoy sus lienzos se disputan a golpe de millones.
Moby Dick fue recibido con indiferencia, casi con bostezos.
Kafka pidió que quemaran sus manuscritos —por suerte, nadie le hizo caso.
El rechazo contemporáneo puede ser síntoma de honestidad, no de fracaso.
Quien no encaja en su época quizás es porque ya pertenece a la siguiente.
La mediocridad, en cambio, suele recibir aplausos puntuales y olvido eterno.
Ese es su castigo más elegante.
El tiempo es el crítico más justo.
No acepta sobornos, no se deja impresionar por el nombre del galerista ni por el precio de la corbata del coleccionista.
Trabaja despacio, sin prisa, con la serenidad implacable de quien sabe que siempre tendrá la última palabra.
Hasta donde nos lleve el arte.
Gracias por estar ahí

