“NO BUSCO TENER RAZÓN,
SOLO ENTENDER LO QUE ME PASA.”

El artista perfeccionista no produce, censura

Hay una trampa bastante elegante en eso de querer hacerlo todo perfecto:

Te hace sentir profesional mientras, en realidad, te paraliza como a un principiante con miedo.

La autocrítica es necesaria, claro, pero cuando se convierte en una voz constante que juzga cada trazo antes de que exista, deja de ser herramienta y pasa a ser censura.

El perfeccionismo tiene ese aire de virtud, pero en exceso funciona como un freno invisible.

El artista deja de explorar para empezar a corregir antes de tiempo.

Y aquí viene el problema serio, cuando la creatividad necesita margen para equivocarse, para desviarse, incluso para hacer cosas mediocres.

Es en ese terreno imperfecto donde surgen las ideas interesantes.

Al final, el artista perfeccionista no produce menos por falta de talento, sino por exceso de control.

Y lo irónico es que cuanto más intenta asegurar la calidad, más se aleja de lo que hace que una obra tenga vida.

Pierde la frescura, el riesgo y ese punto imprevisible que no se puede planificar.

La conclusión es simple, aunque duela: Sin error, no hay proceso.

Y sin proceso, no hay arte.

El supermercado del arte contemporáneo

“Todo puede ser arte”.

La frase suena liberadora, casi revolucionaria.

Durante décadas, el arte contemporáneo ha demolido fronteras, reglas y manuales de instrucciones.

Ya no hace falta pintar como un maestro clásico ni esculpir mármol durante veinte años para entrar en conversación.

Una banana pegada con cinta, una cama sin hacer o un silencio incómodo en mitad de una sala blanca pueden convertirse en obra.

El problema, claro, es que el arte contemporáneo abrió tanto la puerta que ahora parece la entrada de un centro comercial un sábado por la tarde.

Entra cualquiera »»» Sale cualquier cosa.

Y ahí aparece la contradicción más interesante de todas, porque si todo puede ser arte, entonces nada está obligado a serlo realmente.

La libertad absoluta ha sido una conquista histórica para el creador, pero también una trampa elegante.

Porque cuando desaparecen los límites, aparece otro problema mucho más incómodo: el criterio.

Ya no basta con hacer algo raro, provocador o incomprensible.

Eso está amortizado desde hace décadas.

El gesto vacío envejece rápido.

La ocurrencia tiene fecha de caducidad.

Y el mercado, que tiene el romanticismo de una calculadora fiscal, termina premiando más el relato que la obra.

El arte contemporáneo no está muerto, ni mucho menos.

Pero, vive atrapado en una paradoja fascinante:

cuanto más libre es, más difícil resulta distinguir entre una obra necesaria y un simple capricho envuelto en discurso curatorial.

La ironía es perfecta, porque la misma puerta que abrió infinitas posibilidades también dejó entrar el vacío.

El problema no es que el arte contemporáneo sea demasiado libre.

El problema es que esa libertad, mal entendida, se convierte en excusa.

En coartada para no pensar, no arriesgar, no decir nada.

Una especie de buffet libre creativo donde a veces cuesta saber si estamos ante una revelación artística… o ante alguien tomándonos el pelo con absoluta seguridad en sí mismo.

Basta con declarar que algo es arte para que lo sea.

Y en ese gesto, el arte deja de necesitar justificarse ante nadie.