REFLEXIONES AL ATARDECER

“No busco tener razón,
solo entender lo que me pasa.”

El artista perfeccionista no produce, censura

Hay una trampa bastante elegante en eso de querer hacerlo todo perfecto:

Te hace sentir profesional mientras, en realidad, te paraliza como a un principiante con miedo.

La autocrítica es necesaria, claro, pero cuando se convierte en una voz constante que juzga cada trazo antes de que exista, deja de ser herramienta y pasa a ser censura.

El perfeccionismo tiene ese aire de virtud, pero en exceso funciona como un freno invisible.

El artista deja de explorar para empezar a corregir antes de tiempo.

Y aquí viene el problema serio, cuando la creatividad necesita margen para equivocarse, para desviarse, incluso para hacer cosas mediocres.

Es en ese terreno imperfecto donde surgen las ideas interesantes.

Al final, el artista perfeccionista no produce menos por falta de talento, sino por exceso de control.

Y lo irónico es que cuanto más intenta asegurar la calidad, más se aleja de lo que hace que una obra tenga vida.

Pierde la frescura, el riesgo y ese punto imprevisible que no se puede planificar.

La conclusión es simple, aunque duela: Sin error, no hay proceso.

Y sin proceso, no hay arte.